De Venezuela a Ecuador: ¡En un solo bus!

De Caracas a San Antonio del Táchira


Salí desde El Paraíso en Caracas un lunes a las 11.30 am en el autobús de la empresa Panamericana con destino Quito. Me esperaban 68 horas de viaje en un único autobús, atravesando Venezuela, Colombia y Ecuador. Era la primera vez que agarraba un autobús de más de 15 horas y que además requería cruzar dos fronteras. Muchas personas me habían alertado de los peligros de la ruta, de la guerrilla, de los delincuentes en el camino, pero ahí estaba yo, confiado en Dios y decidido a empezar aquella aventura.

 

Estás leyendo el Capítulo 1 de “Sudamérica con 500 dólares”:
Motivación, antecedentes y ruta del viaje

Al sentarme en el autobús vi que habían puros ecuatorianos, y que el único “gringuito” como me llamó uno de ellos era yo. Muchos de ellos se conocían y me enteré que realizaban este trayecto en bus con cierta regularidad. Estaba sorprendido porque en el autobús habían bebés en brazos, niños pequeños y señores mayores. Felices aguantando esas 68 horas de viaje!

Autobus Panamericana

Las condiciones del bus no eran las mejores. Parecía un Encava (autobús convencional), pero con televisores y un baño (que decía “fuera de servicio”). El aire acondicionado funcionaba de a ratos, pero eso en ningún momento fue una incomodidad para mi, todo lo contrario. Podía respirar el aire y ver el paisaje desde mi ventana, a veces quedándome absorto observando por más de una hora los paisajes.

Al poco tiempo de salir hicimos una primera parada en Valencia para comer. Me había llevado un arsenal de galletas y un pote gigante de agua. Compré unas panelitas de San Joaquín, un refresco y una arepa. La verdad no tenía mucha hambre y estaba un poco cansado por el viaje (Y apenas habían pasado 2 horas!)

Lamentablemente, las fotos de este primer capítulo fueron tomadas con baja resolución

Luego de todos los buses de larga distancia (menores a 15 horas) que he tomado, he llegado a una conclusión: las primeras 4 horas son incómodas, me duele la espalda y estoy desesperado por bajarme. Pero luego de pasado ese tiempo, el cuerpo se acostumbra de tal manera que puedo estar otras 8, 12, 24 o 60 horas viajando en el mismo bus sin ningún problema.

Agarramos camino de Valencia hacia el sur del país, atravesando Los Llanos. ¡Qué paisajes tan bellos! En particular cuando atravesamos los sembradíos de arroz del estado Portuguesa en pleno atardecer.

Llanos venezolanos

Finalmente hicimos una parada en Barinitas para cenar, pedí como siempre “deme lo que tenga que sea vegetariano” y me senté a comer con una señora del autobús que iba con sus dos niñitas, como de 10 y 6 años. Me contó que era ecuatoriana (como todos los del autobús) y que tenía más de 20 años en Venezuela. Estaba viajando para regresarse a su país, ya que sentía que las condiciones económicas de la Venezuela actual no eran nada buenas y no veía buen futuro para sus hijas aquí.

Me sirvieron un plato con arroz, ensalada rallada y tajadas, comimos y nos fuimos, no sin antes pelear por los pocos enchufes que habían en el parador turístico. (Esa sería la norma en todas las paradas, ver quién se paraba de primero a correr y encontrar algún enchufe para cargar el celular o el mp3). Dejamos Barinas y en medio de la noche vi un letrero que decía “Bienvenido al Estado Táchira”. Ya faltaba menos para la frontera!

Eran como las 11 de la noche y me eché mi primera “siesta” del viaje. Como a las 3 de la mañana me despierto porque siento que el autobús se detiene. No tengo idea de dónde estamos. Me asomo por la ventana y veo puras casas, como las que había visto en las postales de los pueblitos andinos que me mandaban de niño. Veo un poquito más allá y leo: “Carrera 18”. Me quedé sorprendido, ¿ya estábamos en Colombia? (Porque solo los colombianos usan “carreras” para referirse a “calle”).

A los 5 minutos obtuve mi respuesta: el conductor se paró y dijo: “pasaportes y 300 Bolívares en mano, llegamos a la aduana de San Antonio”. Estábamos en San Antonio del Táchira, la última población venezolana antes de entrar a suelo colombiano.

La frontera Venezuela-Colombia


Eran las 3.30 de la madrugada y fuimos caminando en medio de esas calles desiertas hasta llegar a la aduana para sellar el pasaporte (Importante: La sede del SAIME donde sellan el pasaporte de salida en San Antonio del Táchira queda bastante alejada del paso fronterizo del puente Santander. En todas las demás fronteras que he cruzado, ambas cosas están casi pegadas)

Frontera-SanAntonio-Cucuta

A esa hora de la madrugada éramos los únicos en entrar a esa pequeña oficina para sellar el pasaporte de salida. El oficial que nos atendió me pidió el pasaporte, la tasa de salida del país, me colocó el sello y dijo el clásigo “Siguiente!”. Listo, ya tenía el sello de salida de Venezuela. Esperamos a que todos los del autobús tuvieran el pasaporte sellado y nos regresamos caminando al autobús.

Eran ya las 4.30 am. Descansamos una hora allí hasta que empezó a amanecer a las 5.30 am, hora en la que el chofer arrancó el autobús rumbo al Puente Internacional Santander/Simón Bolívar, frontera oficial entre Colombia y Venezuela. Cruzamos el puente montados en el autobús, pero en cuanto pisamos territorio colombiano se nos informó que debíamos bajarnos para que la policía colombiana revisara todo el equipaje (en búsqueda de droga o artículos de contrabando).

Mientras eso ocurría, fuimos al puesto fronterizo de Cúcuta para colocarle el sello de entrada colombiana al pasaporte, y para recibir la “tarjeta andina”. En Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia te entregan una “Tarjeta Andina” que no puedes extraviar bajo ninguna circunstancia, ya que te la exigen al momento de la salida de cada país.

Lo siguiente que hice fue el cambio de moneda, de dólares a pesos colombianos. La frontera de Cúcuta tiene una importancia para todos los venezolanos, ya que es allí donde se determina el valor del dólar negro (En nuestro país rige un férreo control de cambio). Por ende, yo sabía que llevar bolívares no tenía ningún sentido, ya que la tasa de cambio iba a ser muy desfavorable para mi propósito de rendir los únicos 500 dólares que llevaba en el bolsillo.

Frontera-Cucuta

Finalmente, esperamos a que todos los pasajeros del autobús selláramos el pasaporte y nos montamos nuevamente en el autobús, atravesando la ciudad de Cúcuta y entrando en los andes colombianos.

Los Andes Colombianos: De Cúcuta a Bogotá


Esta parte del camino fue de las que más me gustó, ya que parecía que estábamos entrando a otro mundo, a la tierra de los páramos verdecitos, con vacas y algunas ovejas caminando libres entre las poquitas casas que se observaban cada cierto tiempo: Los Andes, qué bonitos Los Andes (Aclaratoria: hablar de Los Andes es un término muy muy amplio, ya que la Cordillera de los Andes es la espina dorsal de toda Sudamérica, desde Venezuela hasta Chile y Argentina. Así que, por ahora, me refiero a los Andes “gochos” Venezolanos y Colombianos: Táchira, Mérida, Santander y Bucaramanga)

Eran las 9 de la mañana cuando nos paramos a desayunar en una de esas casitas perdidas en medio del páramo, atendida por una familia de lo más simpática. La señora me sirvió una arepa andina de trigo (Diferente a la arepa tradicional hecha de maíz) con un caldito de vegetales y un chocolate caliente. Una delicia en medio de tanto frío! . A los 20 minutos de estar allí llegó otro autobús y sus pasajeros se bajaron a comer, así que el lugar se puso full.

Andes colombianos

Observando en las paredes del restaurancito vi varios afiches de diferentes compañías de buses (Panamericana, Ormeño, Rutas de América), y empecé a entender que ellos tienen como “acuerdos” con cada uno de los sitios en los que harán las paradas a lo largo del viaje. Terminamos de desayunar y nos montamos en el autobús, rumbo a Bucaramanga.

La verdad es que mi tía me había advertido que el trayecto de Cúcuta a Bucaramanga era bastante difícil, debido a las curvas sumamente cerradas y en bajada, entre la montaña y un precipio. Y así fue. Si bien no fueron las curvas más peligrosas de todo el viaje (En comparación con la carretera de tierra del camino alternativo a Machu Picchu), si fueron bastante cerradas y en un momento incluso hasta me mareé.

Bucaramanga

Finalmente, entramos y atravesamos Bucaramanga, una ciudad bien bonita y organizada. Seguimos camino y ya la ruta y el clima iban cambiando, se empezaban a ver árboles más altos y un clima parecido al de Caracas, menos frío y con más sol.Durante toda la tarde seguimos andando hasta que a las 6 pm nos paramos a hacer un almuerzo-cena en algún punto a 2 horas de Bogotá.

Una buena ducha en medio de la carretera


Allí también nos dimos nuestra primera ducha en 2 días, toda una experiencia! Si tuviera que mencionar un momento no-agradable del trayecto sería este. Los baños se encontraban literalmente al borde de la carretera y no eran nada limpios: el piso tenía grasa de mecánico y las cortinas te medio tapaban cuando te bañabas. Nos pusimos en fila para entrar a las únicas 2 regaderas que habían para las 40 personas del autobús. (Esto me recordó un poquito a mis tiempos de campamento cuando niño, donde dormíamos en carpa, usábamos letrinas y nos bañábamos en un río).

Una vez bañados, nos sentamos a cenar. A esa hora ya tenía mucha hambre, no había comido sino galletas desde el desayuno en Bucaramanga. Me sirvieron una “bandeja paisa” vegetariana, con arroz, unos frijoles gigantes (habichuelas) y tajadas. Todo acompañado de un vaso de avena fría. Definitivamente uno de los mejores platos que he comido.

Bandeja paisa vegetariana

Después de comer nos volvimos a montar en el autobús rumbo a Cali, al sur de Colombia. Pasamos toda la noche viajando y como a eso de las 11 pm pude ver al fondo las luces de la ciudad de Bogotá.

Calor y frío: De Cali a Ipiales


Esa segunda noche si pude descansar un poco más, ya que proyectaron por error la película Maléfica tres veces seguidas. El aburrimiento de ver la misma película sumado al cansancio del viaje me permitió dormir! A la mañana siguiente nos detuvimos a desayunar en las cercanías de Cali. No fue el mejor desayuno, ya que lo que me ofrecieron fueron unos huevos sancochados con ensalada rallada y pan. Pero bueno, algo es algo.

De allí arrancamos rumbo a la frontera con Ecuador. Luego pasamos por un pueblito muy pintoresco en donde por fin vi una de las clásicas “chivas” colombianas (autobuses coloridos sin ventanas). Más adelante nos detuvimos a almorzar y a darnos el segundo y último baño del viaje.

Chiva en Cali

Seguimos camino y nuevamente el clima empezó a cambiar: del calor de Cali al (de nuevo)frío de los andes de Pasto. Definitivamente otra de mis partes favoritas del viaje fue atravesar Ipiales en medio de esas “praderas” de pura hierba con algunos animales de lado a lado. Finalmente llegamos a la frontera con Ecuador: Rumichaca. Hacía mucho frío, pero nos bajamos para sellar el pasaporte del lado colombiano.

 

La frontera Colombia-Ecuador


Recuerdo claramente que al bajarme del autobús sentí mucho frío, aunque no sería nada comparado con lo que me esperaría días después en Bolivia. Fuimos caminando unos metros hasta el puesto fronterizo de Colombia, donde luego de hacer una larga fila nos sellaron la salida del país. Posteriormente, bajando unas escaleras me encontré con unos “cambistas”, con quienes hice el cambio de los pocos pesos colombianos que me quedaban a dólares (Unos 10 dólares aproximadamente).

Frontera Colombia Ecuador

Posteriormente, cruzamos la frontera a pie (Lo que separa ambos países es simplemente una gran valla que dice “Bienvenidos a Ecuador”). Fuimos a migración de Ecuador, donde luego de hacer otra fila nos pusieron el sello de entrada al país. De ahí lo que yo esperaba era montarme en el autobús y seguir camino hasta Quito. Sin embargo, la realidad era otra. La aduana de Ecuador se puso “intensa” con el autobús, ya que tenían sospechas de que iban artículos de contrabando (sin declarar impuestos). Nos detuvieron por más de 2 horas e hicieron bajar TODAS las maletas para abrirlas una por una. Finalmente solo “descubrieron” un televisor que no había sido declarado y le pusieron una multa.

 

Tulcán y llegada a Quito


Por fin nos montamos en el autobús y seguimos de camino a Quito, haciendo una parada para la última cena en la carretera. El precio fue de 4 dólares, la comida no estaba muy buena, pero sirvió para calmar el hambre.

A las 3 horas de camino, de repente, empiezo a escuchar que los pasajeros de atrás empiezan a decir que el autobús no va para Quito, sino directamente a Manta (otra ciudad de Ecuador). Me angustié muchísimo y empecé a preguntarles a ellos, a los de al lado, a los choferes y prácticamente a todo el autobús que cómo era posible que ese autobús no pasara por Quito. Yo había comprado un pasaje Caracas-Quito, inclusive les saqué el boleto y decía esa ruta “Caracas-Quito”. Pero para mi sorpresa todo el autobús (menos yo) estaba de acuerdo con que el destino final fuera Manta. ¡El único que se quedaría en Quito era yo!

Al principio empezaron a “dorarme la píldora”, diciéndome que Manta era muy bonita, que habían playas y no hacía nada de frío. Que solo tendría que agarrar un bus adicional para llegar a Quito que duraría (apenas) otras 6 horas! Yo soy una persona bastante calmada, pero en ese instante se me cruzaron los apellidos y empecé a decirles que “o me dejaban en Quito, o me dejaban en Quito” ¡Cómo era posible que cambiaran el destino final del autobús así como así!

Definitivamente Dios metió su mano y otros pasajeros empezaron a reclamar conmigo, a pedirle al chofer que me dejara en Quito, así fuera en las afueras de la ciudad para que no se “desviara tanto”. De tanto hablarle, y gracias al apoyo de estos otros pasajeros el chofer accedió y me informó que me dejaría en una bomba de gasolina en el sur de la ciudad.

 

De madrugada en una gasolinera


¿Cómo? ¿En una bomba de gasolina a las 2 de la madrugada en una ciudad en la que nunca en mi vida había estado? Pero bueno, era eso o nada. “¿No querías ser mochilero pues? Agarra” me parecía estar escuchando una vocecita en mi cerebro. En medio de todo eso yo me estaba comunicando por el celular (usando roaming) con mi amigo de CouchSurfing (al que conocí por internet, usando esa genialidad de plataforma) y le indicaba por dónde iba y a dónde me iba a dejar el bus. Imagínense ustedes mi sorpresa cuando el me dice: “No tenemos carro pero vamos a ver cómo hacemos para buscarte”

Solidaridad viajera al 100%. De repente, el autobús se detuvo en medio de una calle oscura y solitaria, me bajé, me entregaron mi maleta y me dijeron “camina 3 cuadras y vas a encontrar la bomba de gasolina”. (En mi mente pensé “Esto no es Caracas, esto no es Caracas, Diosito protégeme, esto no es Caracas, Diosito protégeme”) y empecé a caminar temblando más de miedo que de frío.

Finalmente llegué a la bomba de gasolina, me paré en el espacio que me parecía mas “seguro” y esperé unos 15 minutos, hasta que una voz desconocida me gritó desde un carro “¡Daniel!” Estaba salvado.

 

Esta bitácora de viaje corresponde al Capítulo 1 de
Sudamérica con 500 dólares

Siguiente capítulo:
Quito: Ciudad de patrimonio y volcanes

3 Comments on “De Venezuela a Ecuador: ¡En un solo bus!

  1. Jajajaja… Hola Daniel!! Disfrute muchisimo de esa anecdota.. Espero muy pronto poder compartir alguna que haya vivido con mis amigos… De verdad me encantaría viajar así.. Si tienes algunas otras anecdotas me encantaria leerla… Sigue disfrutando..! Saludos…

  2. Me voy conectando a tu sitio, esta super interesante, lastima lo de la llegada a Quito, pero me preguntaba como viniendo del Norte te dejaron al sur de Quito… en fin, sigue disfrutando.

    Saludos

  3. Naguaraaaaa, que cosas… Me dió mucha risa eso de que: Esto no es Caracas, ayudame diosito! jajajajaja me imagino tu angustia, continuaré leyendo, ya estoy enganchada… Saludos!

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